LA PISTOLA ESTILOGRÁFICA

MUCHO ANTES DE ESCRIBIR

Escrito por felixsabroso 17-05-2014 en MUCHO ANTES DE ESCRIBIR. Comentarios (0)


El niño que fui era torpe, delgado, cabezudo. El cuerpo no gobernaba la situación, mis botas ortopédicas, mis gafas de miope, mi propensión a las caídas y un pelo lanudo e indomable que parecía quedarse con toda la energía posible. Al andar fluctuaba, serpenteaba. Un tambaleo. El niño era un idiota, un pusilánime incapaz, un servil aterrado. El ceño muy fruncido mucho antes del uso de la razón. El miedo era la única atmósfera conocida. El niño que fui no merece la primera persona porque ya no soy yo. 

Dicen - ama a tu niño interior-, yo lo culpo de todo, lo detesto, no hay afecto alguno que me una al que fui, a los que allí estuvieron dándome golpecitos en la espalda y balbuceando estupidez. No hay añoranza por lo que sucedió, ni  por las personas, ni por los lugares. No hay reconciliación posible. Dicen -pero si eres el resultado de todo aquello-. Mienten,  Ahora solo soy para contradecirlo todo. No me es útil la memoria.

Todas la mañanas el niño vomitaba aterrado con la idea de volver al colegio. El lugar donde no había asideros. Era el padre del niño el que lo llevaba diariamente con desimplicada ternura y lo abandonaba a su suerte en la verja de aquel centro público. Allí, el niño recibía una enseñanza endeble y olvidable por culpa  del tsunami de brutalidad, burla y dureza que proponía el propio entorno. Muy temprano, todos los días, siempre llegaba el primero, para que así, el padre pudiese acudir, después, a su empleo también muy temprano, siempre el primero. A veces, ambos llegaban al empleo y a la escuela aún sin amanecer. Los dos ante el miedo, el gris desconcierto de los deberes no amados, de los lugares no escogidos. Un bocadillo en la bolsa que la madre preparaba era el primer desasosiego. Tirarlo en una papelera evitaba peleas  pero provocaba culpas por traición al origen. La madre y el esmero, el lugar blanco y seguro, acababa todas las mañanas en la basura para evitar hurtos y bofetadas. La cobardía te ennegrece, te aleja de la madre para siempre. La cobardía es el padre. Y el padre solo infunde lástima. Pobre padre. Tanto esfuerzo por disfrazar el temor, tanto sentido de la responsabilidad, tanta renuncia nunca requerida. Tanta temible ferocidad para ocultar  a duras penas el aturdimiento de otro niño que un día fuera, el pavor de otro origen. La herencia arrastrada. El miedo de padres a hijos.

Allí en aquella verja, solo, sin consciencia, esperando a que abriesen el colegio. No conocí la felicidad siendo inocente. Ni la bondad, ni la pureza.  Aprendí la crueldad y me defendí con las peores armas.  No celebro la inocencia. El inocente solo espera dejar de serlo, conocer  el terreno y los medios para brindar su ofensiva. Solo la sapiencia y la conmiseración podrían aliviar la  acción que el inocente ejecuta siempre tras un largo y pasivo silencio. Pero el inocente nunca sabe y jamás se compadece. El inocente es el felino a la espera. Aunque nunca consiga atacar, aunque no supere jamás su inactiva idiotez, su musculatura estará siempre al acecho. La inocencia no es un lugar seguro. No hay inocencia en el inocente. Proteged a los niños y alejadlos de la infancia.Una imagen: los hierros de la verja y su crujido chirriante una vez que la abrían cuando ya éramos un tumulto a la espera. Arturo el conserje enjuto, viejo siempre y de verbo ininteligible. el guardián de la ignorancia académica. La apertura de las verja y la entrada a la escuela, todos correteando.  Con los años, la memoria retomaba esa foto invitándome siempre a mil metáforas del horror, todas  innecesarias por predecibles: El redil,  el cerco, la cárcel, el matadero. El niño no entiende si es envidiado,  o difusamente deseado o secretamente admirado. Unicamente recibe la resultante: el rechazo. El niño busca solo la fusión al grupo, detesta pues la diferencia. La diferencia nos refuerza más tarde pero también nos condena para siempre. Pero no digo nada nuevo, es siempre así, de tal manera que mejor recurrir a un breve muestrario de hechos sin marcar intención. Intentaré dejar todo el asunto abierto. Tres cuestiones centran los acontecimientos más memorables: la fealdad, la sexualidad y las palabras.

Se sabe de la propia fealdad muy pronto. Pero hasta que se conoce, uno nace príncipe, digno de todos los afectos y todas las loas.  Se jacta el niño de su propia pureza,  valora de si mismo una clara limpieza que le cree poseedor de belleza y por tanto digno de todo amor. Se confía pues que al salir de este lecho de temperatura y confort artificial,  la vida te brindará, de modo indefectible, el  retorno de tu propio afecto. Hasta la primera vez que alguien nos hace sentir el error. Es la mirada del otro la que nos hace pensar la sorpresa de no ser quien creíamos y  que nos obliga más tarde a ocultarnos en un expectante silencio, en la tímida espera de que una nueva mirada contradiga ese golpe recibido en el  epicentro de la estima.  Si este milagro corrector no sucede, si se debe convivir pues, con la fealdad que nos atribuyen los ojos ajenos, se despiertan, en compensación, otras cualidades. Porque como el fluido de abstracta belleza, inculcado en el lecho materno, no cesa , este, acaba por encontrar efectivamente su salida en el desarrollo de otras habilidades. Tal y como la sangre busca nuevos caminos ante las arterias obstruidas.   Visionarios,  genios, creadores, celosos, envidiosos, trepas, manipuladores, locuaces, ambiciosos, etc... son todos seres cuya belleza oculta ha buscado carreteras alternativas. 

Todo el descubrimiento de mi fealdad sucedió en el colegio y  no  hablo solo del aspecto físico, sino también de la más incorregible de las torpezas para expresar gracia alguna. Sentí que hacía sentir repugnancia. Un colegio,  el mismo lugar que debía formarme, no me vio. Me vio mal. Puso ante mi un espejo deformante que me devolvió un horror del que aún no me he repuesto del todo. Mis pasos se hicieron torpes en cuanto conocí como me veían los demás. Dejé de bailar, olvidé la coreografía por completo y tropecé. A partir de aquí toda búsqueda de gustar se convirtió en perversa: desplegué otras armas, recurrí a la dureza, aprendí a ser crítico, escéptico, defensivo,  renuncié a la reciprocidad, apagué la luz y descubrí las palabras.  Pero no fue fácil al principio. Cuando abrí mi boca por primera vez, cuando  se me hizo leer en clase mis primeras redacciones,  los demás me miraron por fin, sí, pero no me admiraron. La repugnancia se extendió como una nube tóxica. Entonces no solo era feo y débil sino además  redicho, listillo y cursi. Tras la lectura y el aplauso del profesor, el  que estaba sentado a mi lado en el pupitre, murmuró: Espérate en el patio.Me inflaron a hostias y me invitaron a aprender a correr, a cerrar el pico, a reducir el uso de las palabras a las mínimas y más comerciales y  también me enseñaron a esperar.  No amo a ese niño y no quiero que esté en mi interior.  Siento, sin embargo,  orgullo del joven que una mañana se presentó ante el espejo del baño, descubriéndose capaz quizá de algo, armado de información hasta los dientes, (tanto silencio del niño sirvió para acumular estrategias, canciones y pensamientos). El joven emparedó al cadáver de aquel niño enfermizo tras un muro de indolencia y recursos plásticos. Los excluidos nos aferramos a lo formal, romanticismo básico, y nos damos de por vida de bruces con los realistas porque nos parecen siempre los mantones de la escuela. Subjetivo, sí, pero, ¿ por qué no serlo?.Mi adulto es la venganza, el justo resultado. Es, tras una narración árida, el desenlace comercial y revanchista que invita al aplauso cómplice del público.Soy un escritor  porque he sido el niño más inútil que jamás he conocido. Soy escritor de éxito porque les dije a todos que  lo era y hay tanta ligereza y rapidez que nadie se planteó ponerlo en duda. Me convertí en el mejor porque yo lo dije pero este ardid no me sirvió de modo absoluto, porque yo sabía que no era cierto.  La memoria es rozamiento y por mucho que se pise el acelerador  tarde o temprano detiene al vehículo. Por todo esto escribí sí, pero también por todo esto ya no soy capaz de hacerlo.




EL MÉDICO, SU MUJER, EL PACIENTE Y LA SUYA

Escrito por felixsabroso 17-01-2014 en relato dialogado. Comentarios (0)

  EL MÉDICO, SU MUJER, EL PACIENTE Y LA SUYA


   Es hora de cenar. Los dos matrimonios permanecen sentados alrededor de la mesa. fuentes con asado y verduras, jarra de agua, vino y silencios. El paciente permanece con la nariz vendada.

EL PACIENTE
¿Podré tomarme otro hibuprofeno?.

EL MÉDICO
¿Sientes molestia?

EL PACIENTE
No, pero tengo miedo de sentirla.

EL MÉDICO
Tómatelo. No hay que sufrir.

LA MUJER DEL MÉDICO
Él es de los que piensa que es mejor vivir anestesiado que enfrentarse a cualquier tipo de sufrimiento.

EL MÉDICO
Dicho así parece un defecto, cariño.

LA MUJER DEL MÉDICO
Pero es exactamente eso lo que piensas ¿no?

EL MÉDICO
Bueno después de todo, el dolor es sólo una información, una vez disponemos de ella y sabemos como proceder es siempre preferible evitarlo.

LA MUJER DEL MÉDICO
Pues eso he dicho.

EL MÉDICO
Pero tengo razón, ¿no?

LA MUJER DEL MÉDICO(mecánica)
Siempre tienes razón, tú , cariño, no sabrías vivir sin ella.

EL PACIENTE
Bueno yo me lo tomo.

LA MUJER DEL PACIENTE(reprimiendo otro tipo de contestación)
Sí, querido, sí, tómate todo el hibuprofeno que quieras.

PACIENTE
Es extraño: hablamos como si hubiese ocurrido algo.

LA MUJER DEL PACIENTE
Pero no ha ocurrido nada.

EL PACIENTE
Ya sé que no ha ocurrido nada. Por eso lo digo.

EL MÉDICO
Yo también había notado que nos comportamos como si hubiese ocurrido algo, incluso en el coche volviendo del hospital.

La mujer del médico los mira a los dos.

LA MUJER DEL MÉDICO
¿Y qué  pensáis que ha pasado?

EL PACIENTE
Nada.

EL MÉDICO
Exactamente, absolutamente nada.

LA MUJER DEL PACIENTE
Pues entonces.

EL PACIENTE
Sin embargo si la violencia tuviese olor este comedor estaría apestando.

LA MUJER DEL PACIENTE(tras un suspiro de hartura) 

¿Metáforas ahora?, ¿te parece oportuno?.

EL PACIENTE(mantiene el tipo)
Pero esto que he dicho no es exactamente una metáfora.

la mujer del paciente se impacienta y alza innecesariamente la voz.

LA MUJER DEL PACIENTE
¡¡¿ALGUIEN QUIERE MÁS VERDURA?!!.

EL PACIENTE
Sí, por favor.


MADRES Y PONIS

Escrito por felixsabroso 26-12-2013 en MADRES Y PONIS. Comentarios (0)

      

Durante los años de estudiante fuera de casa,  con el miedo ya desterrado al menos en apariencia.  En un periodo de plena negación de la tradición terrosa y rutinaria de lo familiar.  En uno de tantos veranos en los que tras dudas eternas de si reinventarme las vacaciones o acabar volviendo a la familia, terminé, repitiéndome y regresando a Madrid y a los míos. España  vivía en primera línea de fuego la crisis del 82.  Recuerdo una mañana  de Agosto bochornosa y nublada  que viajaba en un taxi con mi madre hacia no sé donde.  El conductor, dicharachero, empezó a contarnos que aparecían nuevos modelos de empresa en una suerte de alternativas más o menos brillantes para afrontar el complicado momento económico que vivíamos.  Comenzó entonces a contarnos de una que se dedicaba a organizar un sinfín de tipos de eventos familiares y que alquilaba incluso ponis para fiestas infantiles. Nos decía además que alquilar un poni era muy barato,  que de hecho, él mismo lo había hecho para los cumpleaños de sus hijos.
-Todos se vuelven locos, grandes y pequeños se quieren montar en los ponis. El animal no da abasto-. Explicaba el taxista, fascinado con el acierto de la lucrativa actividad.
Mientras tanto, yo, que por aquel entonces ya elucubraba, me imaginé siendo poni.  Y  aunque en esos años me otorgara más credibilidad si cabe que actualmente,  sin embargo, el resultado de mis incesantes conjeturas solía ser todavía feliz y ligero.
Yo era un desorientado poni blanco metido en una furgoneta que era trasladado sin saber bien donde para acabar en una fiesta infantil  donde seres desconocidos de todos los pesos y tamaños se agolpaban a mi alrededor, gritones, con la intención de subírseme encima…-una  desquiciante pesadilla nazi- pensé.
 Mientras me entretenía con todo este encadenado de imágenes desconecté unos minutos de la conversación de aquel hombre con mi madre y como a ella le desconcertaba y enervaba siempre que yo mostrara cualquier indicio de poseer alguna forma de vida interior, más que nada, supongo, por no perdérsela, comenzó a agitarme para que le dijese que era lo que estaba pensando.  Una vez nos apeamos del vehículo, le conté entonces de modo superficial lo terrible que me parecía todo eso del sufrimiento de los ponis alquilados para fiestas infantiles y lo mal que lo tendrían que pasar esos animales a lo que ella me contestó
-. Sí,  seguramente es horrible pero los ponis están acostumbrados-.
 No hubo más conversación. Siempre me pareció que esa  frase suya  final  resumía  muy bien a mi madre.  Imaginad con libertad, tirando del hilo de la sugerencia y atad cabos. Alguna vez llegué incluso  a tontear con la posibilidad de llegar a ponerla en su lápida como epitafio metonímico: Los ponis sufren, sí, pero están acostumbrados.

                

El bolso de la madre

Escrito por felixsabroso 27-11-2013 en el bolso de la madre. Comentarios (0)



      En el agua flota un bolso de fina piel y herrajes dorados. En un embalse a varios kilómetros del polígono de discotecas donde la chica pasó gran parte de la noche. Ella aparecería solo unas horas después, la enfangada maleza de las orillas no había facilitado su búsqueda. Habían sido dos días buscando. El bolso no era suyo y su madre se hubiese enfadado mucho al ver que lo había tomado sin permiso de su armario para salir de fiesta. Se trataba de una pieza especial para ella y desde luego nunca se lo hubiese prestado. Flotaba a penas. La joven muerta poseía un aspecto que aún sin describirla, la imaginación, más que suficiente,  jugaría a todos una mala pasada.
La madre gritó al conocer la noticia y en muy pocos segundos su mente revisó desesperada, todos los desacuerdos, todos lo errores, todas las culpas y todos los egoísmos de supervivencia por ambas perpetrados.

PESADILLA QUIRÚRGICA

Escrito por felixsabroso 03-11-2013 en PESADILLA QUIRURGÍCA. Comentarios (1)

              

Photo : Steven Meisel

   Emma está tumbada en una camilla ,bajo la circular y encandilante lámpara del quirófano, cubierta por una  blanca sábana y en posición ginecológica. David, su marido, se acerca equipado con la vestimenta propia de un cirujano. Le sonríe y le habla con económico afecto.-En menos de una hora tendrás la vagina de una adolescente-
   Una enfermera le pasa a David un bisturí. Podría estar sonriendo bajo la mascarilla, aunque claro, Emma no puede saberlo.
   -Pero aún estoy despierta- Replica asustada Emma.
   -Mucho mejor, cariño, así te darás cuenta de todo- responde  convencido su marido.
Emma pierde de vista a David que se oculta tras la sábana para intervenirla. Entonces, en la sábana aparece una leve mancha de sangre que poco a poco empieza a hacerse más y más grande. Emma al verla, asustada, pierde el conocimiento y se duerme dentro de su propia pesadilla. La mujer que se duerme y sueña que se duerme y sueña que se duerme y sueña. Un Loop infinito.
Al tiempo, Emma vuelve en si y sigue allí, tumbada en la camilla del quirófano,  completamente sola y con un espejo en la mano.  Emma, entonces, acerca el espejo a su rostro y se mira, no sin miedo,  y así, descubre que no es ella, sino Sofía, la jovencísima y chispeante amante de David, su marido.
Al despertarse por fin en su dormitorio, sudorosa y desconcertada,  se levanta y corre al baño y se enfrenta de nuevo al espejo, esta vez de verdad, y enseguida suspira aliviada al comprobar cual de las dos  mujeres es.